Caminaba un
erizo por el bosque hasta que se encontró con un zorro. El zorro se acercó
al erizo y éste se convirtió en una bola de púas. El zorro sabía muy bien que
no había ya manera de comérselo, entonces con mucho cuidado empezó a empujarlo haciéndolo rodar hasta el borde de un
precipicio. El erizo se daba cuenta de las intenciones del zorro, pero
no podía escapar y el zorro lo tiró por el
precipicio. El pobre erizo rodó colina abajo, entonces el zorro empezó a
bajar la colina para comerse al erizo, pero un cazador le mató de un disparo.
El erizo no se había hecho mayor
daño, pero seguía presa del pánico por lo que continuaba como una bola de
pinchos. Esto no le permitía ver a su alrededor.
Se
acercó hasta él otro erizo que le dijo: ¿Por qué sigues hecho una bola? Ya no hay peligro.
Pero el erizo le dijo: No, seguramente eres el zorro
que imita la voz de un erizo. Si
me abro, me comerás.
Este erizo llamó a otros más y
todos le decían al erizo hecho una bola: Venga,
no hay peligro. Ábrete o te quedarás solo, a merced de otros predadores peores
que el zorro.
Pero el erizo gritaba: Marchaos todos, jamás me
abriré. No sé si sois el zorro
que quiere convencerme para poderme comer
Pasaban los
días y el erizo seguía inmóvil hecho una pelota, no quería sino que lo dejasen
solo. Pero entonces un águila lo vio y se
acercó hasta él, lo cogió con sus garras y lo elevó y elevó hasta que lo soltó en un acantilado. El erizo rodó
por él y no se abrió. Al verlo rodar, unos niños le daban golpes como si fuera una bola de golf. Cuando uno de ellos lo iba a
pinchar, su madre se lo impidió y el erizo se quedó solo. A continuación, otro zorro se acercó hasta él y trató de
comérselo, pero no pudo. Una camioneta que pasaba por ahí estuvo a punto de
atropellarlo.
El erizo
sólo quería que lo dejasen en paz, sólo sentía que rodaba de un lado a otro. Él se preguntaba por
qué atraía la atención cuando estaba hecho una bola de púas. ¿Qué le quedaba
por hacer para tener una vida tranquila como
la de antes? El erizo maldecía al zorro por haberle inculcado ese miedo, y le
odiaba, pero, al verse tan indefenso, la cólera se proyectaba sobre sí mismo,
con lo que cada vez se encontraba peor.
El erizo se dio cuenta de que
odiando al zorro lo único que conseguía era sentirse más frustrado; además, si
seguía así, moriría de hambre o víctima de otros predadores más terribles.
Venciendo sus propios temores con mucho esfuerzo se abrió y miró alrededor. Se
encontró con una plantación llena de gusanos y hormigas. Quizás algún granjero
lo había llevado hasta ahí para que dejara el terreno en mejores condiciones. A
su alrededor vio a otros erizos que le sonreían al ver que se abría. Estaba en
un verdadero paraíso. Entonces se dio cuenta de dos cosas: por más que huyamos de las situaciones que nos dan miedo, no evitarnos
el peligro, incluso lo podemos atraer Y segundo, con el miedo nos perdemos
todas las cosas maravillosas que están a nuestro lado y que no podemos ver por
culpa de éste.
El temor tiene un doble peligro: por una parte, hace que
nuestras fantasías vean enemigos donde no los hay; por otra, que atraigamos a
personas que se sienten más seguras por nuestra situación de confusión.





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